Escuchar la música
Un individuo llamado Pablo Paiva, alto de unos cuarenta años y vestido casualmente, va a la ciudad de La Plata y llega al mediodía. Camina cargando un maletín negro desde la terminal de òmnibus hasta la cercana Avenida Diagonal No. 74. Busca cansado un restaurante para almorzar y esperar que se haga la hora para ir a la casa.
Almuerza solo atendido por una bella y poco experimentada joven de ojos grises y azulados que le da conversación trivial. Ante sus respuestas la mujercita se ruboriza y mira hacia la caja donde está el encargado. Fantasea con enseñarle a esa jovencita las dificultades de la vida, las enseñanzas de la experiencia, los placeres del amor y del buen sexo. Se da cuenta que es mucho mayor que ella y que quizás la moza lo vea como un cliente más. Sin embargo, siente que los ojos de la chica lo observan de reojo, como si ella estuviera balanceando la posibilidad de explorar algún tipo de contacto. Puede ser un pensamiento febril o una posibilidad cierta, lo cierto es que no se puede permitir por su trabajo estar perdiendo el tiempo o al menos, distrayéndose de su misión con un escarceo con una moza joven que le insumiría al menos un par de salidas antes de intimar y perderse en ese cuerpo lánguido, en esos ojos nórdicos y en esa piel blanca.
En una mesa cercana cuatro ejecutivos bien trajeados escuchan a un cincuentón de voz ronca medio chillona y gestos ampulosos al que lo acompaña un hombre bajo y de tez oscura
El hombre, entrador y manipulador, los convence de adoptar cierta estrategia que sugiere viene de la Dirección de la empresa. Habla sin parar, anticipando respuestas y dialogando consigo mismo delante de los sufridos ejecutivos que empiezan a mostrar cansancio y disgusto en sus caras.
Pablo piensa cambiarse de mesa para no seguir escuchando lugares comunes, amenazas veladas y otras no tanto, y la frase repetida de: ¨yo simplemente les hago escuchar la música que viene de arriba para que se ubiquen ¨.
El hombre sale afuera a fumar con el pequeño individuo que lo acompaña; comienza a hablar por celular y en la mesa los cuatro ejecutivos se miran y comienzan a expresarse con fastidio y molestia por el charlatán. Se lo ve gesticular con un celular en la mano y fumar nerviosamente. Seca su sudor de su frente y sigue la perorata telefónica que da cierto respiro a los cuatro hombres que lo observan vidrio por medio. El ayudante que está a su lado le alcanza unos datos de una carpeta que guarda celosamente. Con la llegada del postre vuelve el hombre a su mesa, los cuatro ejecutivos callan y uno de ellos, alto, de unos treinta años esboza una respuesta con cara compungida. El hombre la escucha y se pone a reír, su ayudante lo mira y sonríe también. Les dice que el es solo el emisario, el mensajero del rey, el que trae la canción para que ellos la escuchen, luego que hagan lo que quieran. Ahora, aclara, no se quejen si no entienden el mensaje del cielo. Referirse a la gerencia general como cielo es el colmo de la estupidez y del mal gusto y Pablo cruza una rápida mirada con la moza que no está siguiendo el asunto y se acerca a ver si desea algo. a
Uno de los ejecutivos sin sopesar sus palabras, le dice con rudeza que no necesitan de sus consejos y que esta reunión se acabó y se levanta para irse. El hombre sonríe y trata de conciliar la situación, pide que traigan café mientras esboza otros razonamientos. Escuchan con la mirada baja; se concentran en los platos sucios del postre o toman café.
Pablo Paiva traga con dificultad y se ayuda con sorbo de refresco con hielo. Carraspea y observa las otras mesas. Nadie parece estar atento a ese idiota corporativo. Le parece una muestra de la imbecilidad humana esa representación de mando y de presión que sucede en la mesa contigua. Le extraña que a él le afecte tanto, debería de estar ya acostumbrado a ese manejo del personal.
Molesto, vuelve a pensar en cambiarse de mesa pero no hay disponibles en zonas donde podría aliviar el fuerte sonido del discurso intimidante y empalagoso. Mira el reloj, pide un helado, un café y además, la cuenta. Piensa que tiene una media hora para llegar hasta la casa y ver a María Pía Vieytes de Ascassi. Sale y mira la mesa de la discordia por última vez, siente lástima por los ejecutivos y mira con odio a ese viscoso enviado de la casa central: la imagen del adulón e intrigante corporativo.
La dirección pertenecía a un barrio cercano a Ensenada, a media hora de La Plata. Ese era el primer problema: como llegar de manera discreta. En la ciudad de las bicicletas y sendas apropiadas, no podía ser difícil alquilarlas. El problema era con el maletín. Quizá una motoneta o moto fuera más apropiada. Descartó el auto por la complejidad de los trámites.
Luego de varias gestiones infructuosas ubicó un taller que ofrecía motonetas y motos a buen precio. Alquiló una motoneta por cuatro horas, calculó que antes la devolvería. Pagó por adelantando y mostró un registro de manejo de capital federal.
Valiéndose de un pequeño mapa llegó a la avenida indicada y calculó que en dos cuadras estaba la casona que le describieron como antigua y rodeada de un tupido follaje de diversas plantas y pinos enanos. Dejó la motoneta en un sendero de la casa vecina que parecía estar desocupada y tenía un cartel de venta en la puerta. Se internó hasta el fondo, sorteó las matas y entró al jardín, sabía que no había perros pero sí algunos gatos que le rozaron las piernas mientras caminaba hacia la casa. No vio a nadie, no escuchó ruidos. Era la hora de la siesta y hoy la muchacha tenía libre; eso también se lo habían dicho.
Calzó unos guantes de goma y se aproximó a la ventana de la cocina, forzó el vidrio y éste se rompió, recogió los pedazos para que no cayeran y abrió la ventana, penetró con algún esfuerzo a la casona.
No parecía haber nadie pero él suponía que la joven señora estaba arriba descansando o durmiendo. La necesitaba despierta y activa. Subió la escalera con cuidado, paso a paso, a veces conteniendo la respiración. Sacó el arma que había traído en el maletín. En la otra mano cargaba el pliego de las escrituras.
Entró al dormitorio y la vio tirada sobre la cama en ropa interior, la visión mostró una mujer de pelo negro, de unos treinta y cinco años, delicada y exuberante a la vez. Carraspeó para indicar su presencia, la mujer movió la cabeza y se despertó. Se levantó de un salto y pegó un grito de alarma. La hizo callar con un gesto y le enseñó la pistola.
Le dijo que se sentara en la cama y él tomo una silla y se ubicó frente a ella. Le habló brevemente.
- Firme los papeles al lado de la cruz, no se resista o la mato ahora, la firma está indicada con una cruz. Son seis firmas y dos más en los recibos de dinero adjuntos.
- Esto es un atropello de mi marido y de sus hermanos. Está bien reconozco que me excedí. Me aproveché de la situación, puedo devolver algo. ¡No firmo nada¡ ¿qué se creen? – Lo dijo con bronca y genuina indignación, se la veía bonita y excitante, una verdadera hembra.
-Yo no lo haría, no es bueno morir a su edad. No queda en la calle: le sobra dinero en el banco para rehacer su vida, pierde la fábrica, los chalets y los terrenos de Quilmes. Piense que no vine acá a perder el tiempo, o firma o la mato.
-No, no hará eso, se lo ve bueno y sensato.
-No lo crea, no lo soy. Soy un mensajero, alguien que le recita la música que debe de bailar; esto no es nada personal; no la conozco ni Usted a mí. Firme y me voy, ah, le aconsejo no llamar a nadie, no querrá que se sepan sus cosas.
-Que significa eso? ¿Cuáles son mis cosas?
Paiva pensó y en realidad no sabía bien, pero le habían hablado al pasar de la hija que abandonó en Misiones, de su madre internada en un siquiátrico y de su padre que murió en la miseria, con eso bastaría y se lo insinuó aunque no le recordó su pasado escabroso.
La mujer se puso colorada y comenzó a insultar con voz fuerte y alta. Paiva la hizo callar y como no le hizo caso, la golpeó con la culata en la cabeza.
Cayó al piso y llorando se arrastró con los papeles todavía en la mano hasta un escritorio y comenzó a firmarlos. Recogió la documentación, y revisó que todo estuviera en orden, advirtió las fechas antedatadas y diferentes.
-Bueno señora, le mandan saludos y dicen que con ellos no se juega. Ahora cierre los ojos, que la voy a vendar y luego me voy,
La mujer le hizo una pregunta mientras se disponía a ser atada y vendada.
-¿Cómo dieron conmigo? Nadie sabe que estoy acá. Esta casa no es mía ni de ningún conocido. El dueño está en Europa y vuelve en unos meses.
-No lo sé ni me importa, se enteraron, pudo ser la doméstica que le limpia quizás o alguien que la reconoció en Ensenada. La mujer negó con la cabeza aunque luego musitó: Alma, esa estúpida y codiciosa, le habrán pagado bien.
-No me deje sola y atada, nadie va a venir a desatarme. Por favor se lo ruego, Usted no parece un individuo malo o perverso.
-No lo soy pero órdenes son órdenes. Yo hago mi trabajo y me voy.
-Por favor, comprenda que nadie viene a esta casa. Me voy a morir atada de hambre y frío. La chica no viene hasta la próxima semana y hoy es jueves. Le ruego, por favor.
-No, señora.
-¿Cómo que nó?
Pablo Paiva sintió algo de lástima, se daba cuenta que la mujer tenía razón pero ellos no querían esa crueldad o ese sufrimiento lento. Eran tipos duros y calculadores.
La llevó hasta el sótano soportando ruegos y lamentos, le tapó la boca con una cinta plástica pero igual se oía un murmullo cansino.
La ubicó en el punto más lejano del sótano en relación a la puerta y le disparó dos tiros uno al pecho, el otro a la cabeza.
Recogió con cuidado los casquillos, cerró el sótano. Se fue de la casa por donde entró. Tomó la motoneta y volvió por la misma avenida hasta el centro de la Plata. Tiró el arma en un descampado, las balas en una alcantarilla. Devolvió la motoneta. Paró un taxi, bromeó con él taxista que lo llevó a la Terminal y luego se tomó un ómnibus hasta Buenos Aires; su avión salía a medianoche para Foz de Iguazú. Cabeceó agotado en el avión y se asombró que se le aparecieran en un sueño fugaz, la cara de esa mujer desesperada, la visión de su bello cuerpo y de sus ojos negros que lo miraban ansiosos y suplicantes. Le hubiera gustado que en vez de la señora el encargo hubiera sido liquidar a ese estúpido engreído del restaurante para descerrajarle cuatro balazos y acabar con esa bocaza de mentiroso y prepotente.