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La Blogosfera de Imprimátur

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LAS FRASES QUE RECORDAMOS POR CARLOS ORLANDO BONET

Publicado por: ernesto bonelli

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las frases que recordamos publicado hace 1 Mes, 1 Semana PUBLICADO EN FOROS     
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Siempre tuve la inquietud de conocer la razón de que siempre nos acordemos de las mismas frases. Algunas son de nuestra madre o de nuestro padre, otras son de amigos, compañeros de trabajo, médicos ceremoniosos o alegres compañías. Mi madre siempre me decía: nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy y sonreía para no intimidarme. Mi padre en cambio, me dijo una noche en tono de sentencia que las mujeres no eran de fiar. Nunca entendí lo que realmente me quiso decir o mejor dicho cual fue su intención al hacerlo y pensé que tenía alguna relación oculta que lo había defraudado; mis quince años me hicieron estar desde esa noche, atento a sus malhumores, vida y andares, pensando siempre como todo hijo, en la sublime unidad familiar.
Un amigo me susurraba que a las mujeres las prefería de a dos y me miraba con un evidente gesto de lujuria anhelada. Otro decía que siempre se bañaba por las mañanas para quitarse el sudor de la noche. Un inteligente padrino proclamaba su deseo de permanecer soltero toda su vida, y agregaba que no tenía socios en razón de que las medias eran para los pies. Otros amigos, me dijeron cosas que aún hoy recuerdo cuando voy a hacer alguna cosa extraordinaria o cuando emprendo algún camino nuevo. A veces me vienen a la memoria frases sin significado especial como las de una doctora amiga que siempre repetía que no confiaba en el alcohol salvo por el líquido que arrastraba los gérmenes: prefería el agua y el jabón. Todos sabemos cuales son las frases que a veces se nos aparecen y no quisiéramos que eso sucediera pero están allí impías, para recordarnos que no todo es alegría, felicidad o simple rutina. También está el lado oscuro de nuestras vidas, el rato que sufrimos aguantando quejas sinceras o no, las palabras finales de alguna conversación con un amor imposible o trunco, el gesto acompañado de una frase chocante con la que se nos echó de nuestro trabajo o la frase sencilla con la que se nos comunicó la pérdida de un examen. Creo que más allá de esas palabras importantes que recordamos una y otra vez, hay cosas banales, estúpidas si se quiere que nos acompañan para decirnos que somos humanos, tontos y básicamente seres simples. La memoria nos dice que quizás el ser humano ha venido recordando cosas sin aparente sentido práctico o sin un significado trascendente, por que sabiendo nuestro destino final que es trágico y anunciado, nos acompañamos con la memoria de los demás, sus frases tontas, sus dichos y sus alegrías y pesares. Lamentablemente nos acompañan algunas frases duras:la terrible sinceridad de una persona amada que te dice que a partir de ahora seremos amigos y nada más, el insulto injustificado de alguien que no comprendió o malinterpretó algunas acciones personales. La única frase que no puedo entender ni justificar me la dijo un amigo íntimo, de esos que se cuentan con los dedos de una mano, de manera incomprensible y de una crueldad que creo no imaginó. Frente al féretro de mi madre, el día del velorio, me miró con aire de complicidad y susurró: no tenés necesidad de llorar tanto ni quebrarte, creo que estás haciendo teatro.
Lo miré turbado y me puse a pensar más allá del natural rechazo que provocaron sus palabras, si yo en realidad daba esa impresión, si el dolor que me desgarraba era real o era el dolor que yo quería transmitir a la cincuentena de familiares y amigos presentes esa tarde fría de un atroz invierno. El había perdido a su madre hacía un año y me parece ahora y hace años que pienso lo mismo, que se sintió molesto, que envidió mi dolor; que él no sintió lo mismo y que por eso y sin más maldad que la de un comentario de amigo, me comunicó lo que pensaba sin darse cuenta que hace veinte años que de tanto en tanto, me pongo a pensar que pudo pasar por su cabeza al ofenderme de esa manera y en ese momento casi teatral de un velatorio. No hay nada que no pueda ser objeto de envidia. Nunca pude superar la muerte de mis padres: es un dolor cruel y quizá innecesario que nos trae la condición humana y que la hace infeliz desde el momento de se toma conciencia que lo que uno más quiere en el mundo va a desaparecer.
 
 

VEGAS - cuento de carlos orlando bonet

Publicado por: ernesto bonelli

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VEGAS

 

La convención de la empresa oficialmente había terminado al mediodía. Algunos se reunieron en un informal almuerzo cerca de la piscina. Agotado de tanto palabrerío inútil me fui a la habitación a descansar. Como siempre el espectáculo de los edificios enormes, hoteles en su mayoría, y el lejano desierto con las montañas que circundaban el valle me dio cierta calma y felicidad. Ese contraste me reconfortaba, era mejor que los ambientes con aire y perfume condicionados, diseñados para evitar el incómodo humo de cigarrillos que provenía de las salas de juego de la planta baja.  Al rato sentí algo de hambre. Quise también tomar algo de aire fresco, mi avión partía en dos días. Me vestí informalmente y fui a  comer algo. Crucé  la avenida Las Vegas con alguna dificultad por el intenso tránsito y pasé al otro lado, que curiosamente implicaba una mayor mezcla de gente: turistas, vendedores vocingleros, y habitantes de la ciudad caminando y comprando.  Algunos me ofrecían paradisíacos servicios sexuales cercanos y por poco dinero otros lugares de juego con un bono inicial. Había una especie de feria de vestimenta y regalos que evité con rapidez, luego un par de farmacias que vendían hasta ropa de marca y un concurrido oloroso lugar de hamburguesas. Caminé media cuadra y encontré un supermercadito con un bar al frente que vendía franckfukters de tamaño excepcional y marca reconocida. El niño que hay en mi interior me hizo resolver el problema de mi angustia oral con un enorme pancho y una soda. Me acodé a un improvisado mostrador cercano a la caja. Oigo de repente un griterío que provenía de la parte del supermercado. Un hombre de campera azul, pelo airado y los ojos enrojecidos discutía con un latino veinteañero, bajo pero de cuerpo trabajado que vestía un par de jeans, ojotas y una camiseta que resaltaba sus músculos y tatuajes. La discusión según traduje,  era por algo que el hombre joven de campera azul que parecía borracho, había robado y que según el latino, había metido en una bolsa de tela que portaba. La señora encargada se acercó con cara inexpresiva. Impávida miró la escena, la señora era oriental, china o coreana quizás. Nada dijo. El hombre insultó al latino y lo invitó a pelear allí mismo. Tiró la bolsa al suelo y se rompieron dos botellas de cerveza. Gritó borracho y con la mirada perdida que si era hombre pelease con él. Que era de Texas y no de cualquier parte. La china o coreana miró a su empleado. Este ahora detrás del mostrador, tomó un cuchillo y exclamó:

-          Hey Mister: yo  no puedo pelear con Usted;  soy un marine de las fuerzas especiales; regresé  hace dos meses.  Este es mi país. Nací acá como Usted. No me tiente más por que lo mato en un segundo.


                                                                                                                   


    Escuchar la música   
Un individuo llamado Pablo Paiva, alto de unos cuarenta años y vestido casualmente,  va a la ciudad de La Plata y llega al mediodía. Camina cargando un maletín negro desde la terminal de òmnibus hasta la cercana Avenida Diagonal No. 74. Busca cansado un restaurante para almorzar y esperar que se haga la hora para ir a la casa.
Almuerza solo atendido por una bella y poco experimentada joven de ojos grises y azulados que le da conversación trivial. Ante sus respuestas la mujercita se ruboriza  y mira hacia la caja donde está el encargado. Fantasea con enseñarle a esa jovencita las dificultades de la vida, las enseñanzas de la experiencia, los placeres del amor y del buen sexo. Se da cuenta que es mucho mayor que ella y que quizás la moza lo vea como un cliente más. Sin embargo, siente que los ojos de la chica lo observan de reojo, como si ella estuviera balanceando la posibilidad de explorar algún tipo de contacto. Puede ser un pensamiento febril o una posibilidad cierta, lo cierto es que no se puede permitir por su trabajo estar perdiendo el tiempo o al menos, distrayéndose de su misión con un escarceo con una moza joven que le insumiría al menos un par de salidas antes de intimar y perderse en ese cuerpo lánguido, en esos ojos nórdicos y en esa piel blanca.
En una mesa cercana cuatro ejecutivos bien trajeados escuchan a un cincuentón de voz ronca medio chillona y gestos ampulosos al que lo acompaña un hombre bajo y de tez oscura  El hombre, entrador y manipulador, los convence de adoptar cierta estrategia que sugiere viene de la Dirección de la empresa. Habla sin parar, anticipando respuestas y dialogando consigo mismo delante de los sufridos ejecutivos que empiezan a mostrar cansancio y disgusto en sus caras.
Pablo piensa cambiarse de mesa para no seguir escuchando lugares comunes, amenazas veladas y otras no tanto, y la frase repetida de: ¨yo simplemente les hago escuchar la música que viene de arriba para que se ubiquen ¨.
El hombre sale afuera a fumar con el pequeño individuo que lo acompaña; comienza a hablar por celular y  en la mesa  los cuatro ejecutivos se miran y comienzan a expresarse  con fastidio y molestia por el charlatán. Se lo ve gesticular con un celular en la mano y fumar nerviosamente. Seca su sudor de su frente y sigue la perorata telefónica que da cierto respiro a los cuatro hombres que lo observan vidrio por medio. El ayudante que está a su lado le alcanza unos datos de una carpeta que guarda celosamente.   Con la llegada del postre vuelve el hombre a su mesa, los cuatro ejecutivos callan y uno de ellos, alto, de unos treinta años esboza una respuesta con cara compungida. El hombre la escucha y se pone a reír, su ayudante lo mira y sonríe también.  Les dice que el es solo el emisario, el mensajero del rey, el que trae la canción para que ellos la escuchen, luego que hagan lo que quieran. Ahora, aclara, no se quejen si no entienden el mensaje del cielo. Referirse a la gerencia general como cielo es el colmo de la estupidez y del mal gusto y Pablo cruza una rápida mirada con la moza que no está siguiendo el asunto y se acerca a ver si desea algo. a
Uno de los ejecutivos sin sopesar sus palabras, le dice con rudeza que no necesitan de sus consejos y que esta reunión se acabó y se levanta para irse. El hombre sonríe y trata de conciliar la situación, pide que traigan café mientras esboza  otros razonamientos. Escuchan  con la mirada baja;  se concentran en los platos sucios del postre o toman café.
Pablo Paiva traga con dificultad y se ayuda con sorbo de refresco con hielo. Carraspea y observa las otras mesas. Nadie parece estar atento a ese idiota corporativo.  Le parece una muestra de la imbecilidad humana esa representación de mando y de presión  que sucede en la mesa contigua. Le extraña que a él le afecte tanto, debería de estar ya acostumbrado a ese manejo del personal. Molesto, vuelve a pensar en cambiarse de mesa pero no hay disponibles en zonas donde podría aliviar el fuerte sonido del discurso intimidante y empalagoso. Mira el reloj, pide un helado, un café y además,  la cuenta. Piensa que tiene una media hora para llegar hasta la casa y ver a María Pía Vieytes de Ascassi. Sale y mira la mesa de la discordia por última vez, siente lástima por los ejecutivos y mira con odio a ese viscoso  enviado de la casa central: la imagen del adulón e intrigante corporativo.   La dirección pertenecía a un barrio cercano a  Ensenada, a media hora de La Plata. Ese era el primer problema: como llegar de manera discreta. En la ciudad de las bicicletas y sendas apropiadas, no podía ser difícil alquilarlas. El problema era con el maletín.  Quizá una motoneta o moto fuera más apropiada. Descartó el auto por la complejidad de los trámites.
Luego de varias gestiones infructuosas ubicó un taller que ofrecía motonetas y motos a buen precio. Alquiló una motoneta por cuatro horas, calculó que antes la devolvería.  Pagó por adelantando y mostró un registro de manejo  de capital federal.
Valiéndose de un pequeño mapa llegó a la avenida indicada y calculó que en dos cuadras estaba la casona que le describieron como antigua y rodeada de un tupido follaje de diversas plantas y pinos enanos.  Dejó la motoneta en un sendero de la casa vecina que parecía estar desocupada y tenía un cartel de venta en la puerta. Se internó hasta el fondo, sorteó las matas y entró al jardín, sabía que no había perros pero sí algunos gatos  que le rozaron las piernas mientras caminaba hacia la casa. No vio a nadie, no escuchó ruidos. Era la hora de la siesta y hoy la muchacha tenía libre; eso también se lo habían dicho. Calzó unos guantes de goma y se aproximó a la ventana de la cocina, forzó el vidrio y éste se rompió, recogió los pedazos para que no cayeran y abrió la ventana, penetró con algún esfuerzo a la casona.
No parecía haber nadie pero él suponía que la joven señora estaba arriba descansando o durmiendo. La necesitaba despierta y activa.  Subió la escalera con cuidado, paso a paso, a veces conteniendo la respiración. Sacó el arma que había traído en el maletín.    En la otra mano cargaba el pliego de las escrituras.  Entró al dormitorio y la vio tirada sobre la cama en ropa interior, la visión mostró una mujer de pelo negro, de unos treinta y cinco años, delicada y exuberante a la vez. Carraspeó para indicar su presencia, la mujer movió la cabeza y se despertó. Se levantó de un salto y pegó un grito de alarma. La hizo callar con un gesto y le enseñó la pistola.     Le dijo que se sentara en la cama y él tomo una silla y se ubicó frente a ella. Le habló brevemente.
- Firme los papeles al lado de la cruz, no se resista o la mato ahora, la firma está indicada con una cruz. Son seis firmas y dos más en los recibos de dinero adjuntos. - Esto es un atropello de mi marido y de sus hermanos. Está bien reconozco que me excedí. Me aproveché de la situación, puedo devolver algo. ¡No firmo nada¡ ¿qué se creen? – Lo dijo con bronca y genuina indignación, se la veía bonita y excitante, una verdadera hembra.  -Yo no lo haría, no es bueno morir a su edad. No queda en la calle: le sobra dinero en el banco para rehacer su vida, pierde la fábrica, los chalets y los terrenos de Quilmes.  Piense que no vine acá a perder el tiempo, o firma o la mato.
-No, no hará eso, se lo ve bueno y sensato.
-No lo crea, no lo soy. Soy un mensajero, alguien que le recita  la música que debe de bailar; esto  no es nada personal; no la conozco ni Usted a mí. Firme y me voy,  ah,  le aconsejo no llamar a nadie, no querrá que se sepan sus cosas.
-Que significa eso? ¿Cuáles son mis cosas?
Paiva pensó y en realidad no sabía bien, pero le habían hablado al pasar de  la hija que abandonó en Misiones, de su madre internada en un siquiátrico y de su padre que murió en la miseria, con eso bastaría y se lo insinuó aunque no le recordó su pasado escabroso.
La mujer se puso colorada y comenzó a insultar con voz fuerte y alta. Paiva la hizo callar y como no le hizo caso, la golpeó con la culata en la cabeza. Cayó al piso y llorando se arrastró con los papeles todavía en la mano hasta un escritorio y comenzó a firmarlos.   Recogió la documentación, y revisó que todo estuviera en orden, advirtió las fechas antedatadas y diferentes. -Bueno señora, le mandan saludos y dicen que con ellos no se juega. Ahora cierre los ojos, que la voy a vendar y luego me voy,
La mujer le hizo una pregunta mientras se disponía a ser atada y vendada.
-¿Cómo dieron conmigo? Nadie sabe que estoy acá. Esta casa no es mía ni de ningún conocido. El dueño está en Europa y vuelve en unos meses.
-No lo sé ni me importa, se enteraron, pudo ser la doméstica que le limpia quizás o alguien que la reconoció en Ensenada.   La mujer negó con la cabeza aunque luego musitó: Alma,  esa estúpida y codiciosa, le habrán pagado bien.  -No me deje sola y atada, nadie va a venir a desatarme. Por favor se lo ruego, Usted no parece un individuo malo o perverso.
-No lo soy pero órdenes son órdenes. Yo hago mi trabajo y me voy.  -Por favor, comprenda que nadie viene a esta casa. Me voy a morir atada de hambre y frío. La chica no viene hasta la próxima semana y hoy es jueves.  Le ruego, por favor. -No, señora.
-¿Cómo que nó?
Pablo Paiva  sintió algo de lástima, se daba cuenta que la mujer tenía razón pero ellos no querían esa crueldad o ese sufrimiento lento. Eran tipos duros y calculadores. La llevó hasta el sótano soportando  ruegos y lamentos, le tapó la boca con una cinta plástica pero igual se oía un murmullo cansino. La ubicó en el punto más lejano del sótano en relación a la puerta y le disparó dos tiros uno al pecho, el otro a la cabeza.
Recogió con cuidado los casquillos, cerró el sótano. Se fue de la casa por donde entró.    Tomó la motoneta y volvió por la misma avenida hasta el centro de la Plata. Tiró el arma en un descampado, las balas en una alcantarilla.  Devolvió la motoneta. Paró un taxi, bromeó con él taxista que lo llevó a la Terminal y luego se tomó un ómnibus hasta Buenos Aires; su avión salía a medianoche para Foz de Iguazú.  Cabeceó agotado  en el avión y se asombró que se le aparecieran en un sueño fugaz, la cara de esa mujer desesperada, la visión  de su bello cuerpo y de sus ojos negros que lo miraban ansiosos y suplicantes.  Le hubiera gustado que en vez de la señora el encargo hubiera sido liquidar a  ese estúpido engreído del restaurante para descerrajarle cuatro balazos y acabar con esa bocaza de mentiroso y prepotente.


PATACHO CUENTO DE CARLOS ORLANDO BONET

Publicado por: ernesto bonelli

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PATACHO                                  CUENTO  de CARLOS ORLANDO BONET

Me desperté en la temprana mañana de un día caluroso. Remoloneé en la cama, estirando el tiempo  de levantarme.  Un olor a café recién hecho que entraba por la ventana inundó mis sentidos. Volví  a recordar las mañanas cuando mi madre vivía y mi padre tomaba apresurado su café antes de irse a trabajar.  De ese recuerdo amable a mis actuales sesenta años pasé  a recordar la casa de mi niñez temprana, a los cuatro o cinco años.


HABLANDO CLARO y de corazón.

Publicado por: ernesto bonelli

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Un autor no puede compartir dudas, tristezas, indecisiones o nervios. Un miembro de la fundación, voluntario o rentado, debe de trabajar, sufrir y aportar y luego recibir la alegría del trabajo bien hecho. Claro, es que para eso  es miembro. Tenemos que hacer esta distinción.


Ese hombrecito molesto - cuento de carlos orlando bonet

Publicado por: ernesto bonelli

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ESE HOMBRECITO MOLESTO 

A veces me parecía que estaba viviendo un sueño o algo irreal ya que no podía ser posible en una ciudad grande y compleja que me encontrara, siempre bien en la mañana temprano o en la tarde, con aquel hombrecito de hombros caídos y cuerpo delgado, de una edad indefinida, bien podían ser cuarenta y cinco años o cincuenta y cinco, con su carpetín de plástico negro apretado entre sus manos huesudas y  delgadas, sus  lentes levemente caídos sobre la prominente nariz ganchuda y un aire de ensismamiento, de abstracción mundana que ya a estas alturas me parecía extraño por no decir peligroso. No hacía nada, caminaba por las aceras con rumbo indefinido o estaba sentado en bancos de plazas pequeñas e inhóspitas que eran las que existían en Nueva York en el área del centro de la ciudad.  No podía decir  que me miraba con insistencia ya que nunca lo vi hacerlo, varias veces, sin embargo, sus ojillos pequeños se paseaban por mi figura como si yo fuera parte del paisaje urbano, un árbol, un poste de tráfico, un buzón o un mendigo.


Lo que calienta el corazon de carlos orlando bonet

Publicado por: ernesto bonelli

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Lo que calienta el corazón

 


Bariloche en la tardecita- cuento de Carlos Orlando Bonet

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Bariloche en la tardecita

              


cuento SOLEDAD autor Carlos Orlando Bonet

Publicado por: ernesto bonelli

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Soledad

 

La mujer venía caminando mirando hacia el suelo- la calle semivacía me permitió observarla bien ; era tarde, casi las ocho de la noche  de verano. Se cruzó conmigo y levantó la vista y la cara cambió, sus ojos grandes se posaron en los míos con alegría. Me sorprendí, no la conocía, pensé en hablarle, estaba solo en Buenos Aires; entonces ella con voz calma dijo que la disculpara, que me había confundido, siguió su camino, con andar lento y mecánico: la cabeza gacha,  y de repente una ojeada hacía adelante como si esperara encontrarse con alguien, los pasos cortos y seguros. Sus largas piernas y cuerpo me hicieron  seguir su camino. Pensé en hablarle con alguna excusa, siempre tonta. Al llegar a la Plaza San Martín dobló por Maipú en dirección a Corrientes. Lento el paso, la mirada al suelo, la rápida ojeada a los transeúntes.


ZONA DE SILENCIO - CUENTO DE CARLOS ORLANDO BONET

Publicado por: ernesto bonelli

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ZONA DE SILENCIO

 

Extendió la tarjeta como  si el cartón ajado y el gesto moroso pudiera ser una carta de presentación aceptable.   Bertrand Umpiérrez se llamaba el sujeto que se presentó y ubicó frente a la mesa: alto, cincuentón, de cara sonrosada y cuerpo descuidado; recordaba bien el untuoso nombre, aunque nunca  había visto esa cabeza pequeña, de ojos saltones y la gordura que le nacía del cuello inflando la figura que remataba en unos pantalones demasiado cortos. Le hice señas que se sentara. Le pregunté quée iba  a tomar y mirando mi taza semivacía, indicó un simple café. Era raro que Adriana, la secretaria, me lo hubiera derivado al Café y Bar Alonso que era vecino de la distribuidora; sería algo importante.  Adriana conocía mis costumbres: almuerzo en solitario y para rematar, un buen café y la lectura y tardía del diario de la mañana.

 -¿Me recuerda? soy Bertrand Umpiérrez, el de las heladeras- dijo esperanzado  que el nombre francés asociado al más común apellido, unido la mención de la venta que había logrado como oportuno intermediario, lo hiciera merecedor a un reconocimiento inmediato.


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