Imelda

Publicado por: Estudillo

Etiquetado en: Pedro Estudillo

Espero que este tipo de relatos también tengan cabida aquí... con todos mis respetos. Aunque PLSalvador ya ha abierto una pequeña puerta muy sutil y hábilmente, como corresponde a un escritor de su categoría. Lo mío es más a lo bestia.

Espero que les guste.

 

Imelda sale tarde del trabajo, le ha tocado turno doble: doce hombres y tres mujeres han pasado sobre ella en estas últimas horas. Tarde para ella, claro, porque para la gran mayoría de personas trabajadoras es aún temprano; el día apenas comienza a clarear sobre los altos edificios que se levantan al Este de la ciudad: la vida despierta y se abre camino por cada callejuela y cada rincón de esta triste urbe inmaculada. Imelda odia esta hora en que se desperezan los perros: demasiadas miradas inquisidoras, demasiadas sonrisas burlonas; su estrecho vestido rosa no pasa desapercibido entre las gentes decentes que caminan hacia sus prostíbulos particulares y oficialmente admitidos: bancos, oficinas, centros comerciales, etc.
Imelda sube al autobús que la acercará a su refugio con la cabeza agachada, una mano sobre el escote y la otra tratando de alargar una falda que no logra cubrirle la decencia. En silencio, siente el peso de mil ojos clavados sobre la poca dignidad que le dejan, acomodándose en el primer asiento que encuentra libre: uno de esos enfrentados con otro, para su mayor vergüenza. Inevitablemente se fija en la persona que tiene enfrente: un joven de unos veinte años más pendiente de su juguete electrónico que de otra cosa. Imelda piensa que esta juventud de ahora no se sorprende fácilmente en cuestiones de sexo... y eso es algo que la excita y despierta su imaginación. Se ve de rodillas ante el chaval, que continúa distraído con su aparatito, aún cuando ella le sube ambas manos por cada uno de sus muslos, despacito, acercándose con cuidado a lo más alto del pantalón, con la mirada lasciva clavada en esos ojos inocentes que no le prestan atención. Agarra con firmeza la prenda y tira fuerte hacia abajo; el joven le facilita la maniobra alzándose levemente del asiento, pero sin abandonar su pasatiempo favorito; Imelda gime de gozo ante tanta indiferencia. Ahora las manos se deslizan sobre piernas desnudas de vello erizado, hasta que la derecha, hábilmente, se cuela juguetona bajo el calzón tipo bóxer, encontrándose sin prisas con un pene aún virgen, duro como el granito y caliente como el alcohol; Imelda tiembla de emoción, pero su pulso se mantiene firme sobre el miembro empinado, al que frota y frota exaltada por una inquietante turbación más próxima al éxtasis místico que al profano. Ya no existe ningún autobús, ni pasajeros maleducados, ni tan siquiera el chico objeto de su sueño onírico; tan sólo está ella, con los ojos vueltos hacia arriba, frente a una enorme polla a punto de entrar en erupción. Imelda sigue friccionando, ahora con mayor ímpetu, con las dos manos, al mismo tiempo que introduce aquel tótem del deseo entre sus carnosos labios, impaciente por sentir el mayor de todos los placeres resurgir con fuerza, bajándole por su garganta, cálido y cremoso; sabe que está a punto de lograrlo, un par de lametones más y... de repente... el autobús se detiene bruscamente sacándola sin anestesia de su ensoñación; el muchacho baja, e Imelda piensa con tristeza que odia llevarse el trabajo a casa.

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Comentarios (5)Add Comment
mariateresa
Imelda
escrito por mariateresa, enero 27, 2012
Lo mío es más a lo bestia. Cito literalmente tus palabras. La realidad, casi nunca ofende. Las palabras que describen esa realidad ¿Tienen que ser tan descriptivas e hirientes? Ya de por sí Imelda se siente mal ¿Por qué ahondar más en lo precario de su vida? Este comentario es absolutamente personal, respecto a la historia y la manera de contarla. pPor lo demás, ya sabes que escribes bien.
pilar
...
escrito por pilar, enero 31, 2012
Ya que somos todos adultos, este y cualquier tema tratado con respeto, debería tener cabida en cualquier lado, tan solo los mojigatos y los estrechos de miras se molestarían con el tema del sexo. Todos lo practicamos, o casi todos, la sexualidad forma parte de nuestras vidas, es natural y sana. El sexo no es sucio, sucios son los que lo manipulan, lo fuerzan o se aprovechan de él. La vida de las prostitutas, si es por necesidad, me parece muy triste, hay quién dice que es un servicio público, yo lo dudo, pocas cosas degradan a un ser humano como mantener relaciones sexuales con alguien exclusivamente por dinero. Llamar a las cosas por su nombre, como haces tú en tu relato, me parece valiente y correcto. Felicidades Pedro
plsalvador
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escrito por plsalvador, febrero 02, 2012
Bueno, yo creo que lo que se lleva a casa no es trabajo. Al menos no lo era en la ensoñación. El sexo y la prostitución suelen estar reñidos. Así que me parece estupendo que Imelda tenga deseos sexuales después de haber soportado a doce hombres y tres mujeres. "Odio llevarme trabajo a casa": bien, tal vez sus deseos se esfuman ante la cruda realidad. Ah, soñar...
Estudillo
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escrito por Estudillo, febrero 02, 2012
Gracias por vuestros comentarios, ya sabéis que yo escribo de forma un poco compulsiva. Ahora releyéndolo con la riqueza de vuestros comentarios, se me ocurren algunas correcciones. Pero a lo hecho, pecho. Imelda lo comprenderá.

Abrazos para tod@s.
pilar
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escrito por pilar, febrero 04, 2012
¿entonces no soy a la única que le pasa? Eso me deja más tranquila. La mayoría de las veces, cuando considero que un relato está lo suficientemente bien como para darlo a conocer y lo publico aquí (o me lo publican) al releerlo siempre me parece que podía haberlo hecho mejor, que algo sobra y que algo falta, y aunque vuestros comentarios siempre son más que amables y halagadores, casi nunca me doy por satisfecha. Soy mi crítico más terrible. Sé que jamás seré capaz de escribir el relato perfecto, pero os juro que lo intento

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